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Nov
27
09

Interesante editorial de gestionrestaurantes.com


Editorial
26-11-2009

Más allá del mal servicio

Somos conscientes que una de las cuestiones que más preocupa a los restauradores es el tema del servicio. Pude comprobar en la reciente edición de Restaurant Trends, que es una constante en nuestro sector, y salvar el obstáculo no se presenta nada fácil. Pero hay detalles implícitos en el tema del servicio que a veces parecen dejarse al libre albedrío, sin que nadie se preocupe por tal pormenor, llegando a crear situaciones que sobrepasan el mal servicio cruzando la frontera del mal gusto.

El pasado martes, un amigo, experto en materia culinaria, que viajó hasta la capital como ponente de la conferencias, me explicaba con asombro lo que le había sucedido en un bar restaurante en pleno corazón de Madrid; dudaba si ponerlo como ejemplo en su discurso como dato empírico, pero por respeto a los asistentes optó por no hacerlo. Así que con su permiso, se lo cuento yo: una húmeda y calurosa tarde de noviembre, un individuo, llamémosle X, decide entrar en un local, llamémosle Y, que parece reunir las condiciones adecuadas para tomarse un respiro tras un, no largo, pero si pesado viaje. Una vez dentro, el individuo X pide una ración de aceitunas que llegan rápidamente a la mesa de las manos del camarero Z, que con las prisas no se da cuenta de que están aguadas. Acto seguido X solicita un bocadillo a Z, que llega raudo con la comanda…, pero algo insólito se da en aquel momento, a pesar de la rapidez de Z, Súper Z para lo amigos, el bocadillo llega 12 horas más tarde de su elaboración. Como sospecharán el individuo X no es que estuviera muy cómodo en el local Y. Así que echa un vistazo a su alrededor para calificar el tipo de clientela del local; su curiosa mirada topa de frente con una pareja joven que está comiendo un bocadillo, que parecen absortos en el televisor…. ¡Vaya un televisor! aparato indiscutible en ciertos locales, pero discutible en otros. Así que X mira hacia la pantalla para ver que interesante programa emite el televisor, que seguramente Súper Z habrá seleccionado con calma, criterio y profesión… ¡Sí señor! Un interesantísimo documental sobre la fauna. Qué maravilla, alimentar tu estomago mientras nutres tu intelecto recreándote en un instructivo documental sobre las especies, nada de fútbol, ni deportes, ni programas basura, mejor algo parecido “a mi la familia y otros animales” o quizás a “bichos y demás parientes”… Lo cierto es que el documental que se estaba emitiendo nada tenía que ver con las obras de Gerald Durrel, era un desagradable documental de una especie que campa a sus anchas por el territorio urbano y que nadie desea ni ver, ni tocar y cuyo nombre se utiliza como insulto. Supongo, que lo de comer con la imagen de tan desagradable animal sí que podríamos buscarle algún parecido con los pintorescos personajes de los libros de Durrel.

Varias cosas tengo que decir sobre el ilustre ejemplo. En primer lugar, que entiendo perfectamente que el protagonista/observador de lo ocurrido no quisiera utilizarlo en su ponencia. En segundo lugar, y me centro únicamente en la cuestión del servicio, me parece increíble que cuando se está debatiendo la polémica normativa sobre el etiquetado de los alimentos y la información nutricional sobre los platos de los restaurantes, para dar la máxima información al cliente sobre lo que come, todavía pueda aterrizar en la mesa de un restaurante un bocadillo con doce horas de edad. Respecto al tema bichos y especies desagradables en la pantalla del televisor, lo siento pero la responsabilidad ya no sólo recae en los empleados, sino en el propietario de local. Es curioso que un aparato absolutamente ajeno a nuestro emprendimiento, a nuestra labor profesional, pueda darnos la comida. Y algo más que decir al respecto, este tipo de locales o mejor dicho, este tipo de pseudoprofesionales desprestigian el sector, lo descalifican. No creo que ningún comensal, y lamento ser tan franca, tenga ganas de comer viendo un documental sobre las ratas, por muy interesante que sea su vida. A partir de ahí, podemos hacer las cosas tan bien como queramos, que si no cuidamos los pequeños detalles de nuestro local hasta el punto que se conviertan en la causa de por qué abandonarlo, es que vamos un poco perdidos. En mi opinión este tipo de situaciones se resolverían exigiendo una mínima preparación, un mínimo de profesionalización a todo aquel que quiera regentar un restaurante. Y no se trata de una limitación sino de un seguro, hablamos de comida, y la sociedad es cada vez más sensible a todo lo relacionado con la alimentación, por lo tanto aquel que no pueda asegurar y certificar que es capaz de llevar un restaurante, que no es nada fácil, que se dedique a otra cosa que como mínimo no tenga una responsabilidad social de tan alto nivel.

Georgia Arnaus
Editora


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